|
Kyrie eleison es una frase antigua y medio olvidada. A lo largo de nuestra cultura se han compuesto músicas maravillosas con esta frase, músicas que nos hablan de la angustia del ser humano, y de esperanza. Kyrie eleison, Señor, ten piedad de mí, es una petición continua a lo largo de los siglos de cristianismo. Aunque ahora nos parece extraña, tiene que ver con la esencia humana en relación con Dios.
Ten piedad de mí, es un grito que habla de nuestra pequeñez y nuestro dolor, de nuestro sufrimiento y nuestro pecado, de nuestra realidad. Desde lo más profundo de nuestro ser, desde nuestra consciencia de limitación absoluta, surge el grito pidiendo ayuda, Kyrie eleison. “Señor, ten piedad de mí” es una petición que se repite a lo largo de la Biblia. “Ten piedad de mí” suplican a Jesús personas que se encuentran en el camino, personas que sufren y ven en Jesús una esperanza: los ciegos, los diez leprosos, la mujer cananea que pide la curación de su hija. “Señor, ten piedad de mí, que soy un pecador” es la oración sincera del publicano, a quien Dios escucha. Tener y necesitar piedad, sentirse pecador, son palabras que cada vez resultan más extrañas a nuestros oídos, pero que siguen manteniendo todo su sentido. La búsqueda de Dios y la experiencia de limitación radical son realidades que se encuentran en el silencio de nuestro corazón anhelante, donde se unen la súplica y la esperanza. Ten piedad de mí Señor, es una súplica dirigida a Dios, El que pide espera respuesta, busca el consuelo. Kyrie eleison es un grito de angustia y de confianza en el amor de Dios. El salmista dice: ¡Ten piedad de mí, Señor, por tu bondad, por tu gran compasión, borra mis faltas! Acercándonos desde nuestro ser más íntimo a la Palabra, encontramos el lugar donde descansa de verdad nuestro corazón. Desde nuestro corazón sediento, podemos oír en el silencio de la oración la presencia de Dios, la piedad y la compasión de Cristo. Un hombre que entendió el gran tesoro de la Iglesia: cuidar y ofrecer la Palabra de Jesús. Francisco amó la Iglesia, la sufrió, luchó y la renovó desde la obediencia, la pobreza y el amor evangélicos. A nosotros hoy, nos toca humildemente amar esta Iglesia contradictoria y limitada. Estar en ella y sufrir con ella; pero también luchar y ser testimonio crítico desde lo pequeño y lo cercano, buscar la palabra que ilumina. |