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Si nos sabemos dentro de la Iglesia, no podemos contentarnos con ser meros observadores exteriores. Tenemos que vivir desde el interior lo que ocurre. Cuál es nuestro papel, cómo tomar parte, qué puesto ocupar, cómo discernir sus palabras... En definitiva, cómo vivir la Iglesia hoy. No esperamos una Iglesia perfecta, sabemos que su realidad convive con la ambigüedad y la limitación humanas. Aun así, necesitamos buscar la presencia de Dios en la Iglesia más allá de lo que, a veces, la aleja de los tiempos y del Espíritu humilde del Evangelio.
Nos toca trabajar por una Iglesia que sea capaz de escuchar los signos actuales, de este tiempo, de las búsquedas y sufrimientos de la gente del siglo XXI, sin mirar al pasado con nostalgia y sin temor al presente ni al futuro. Sabemos que la Buena Nueva sigue siendo actual, incluso para el mundo laico, ateo y secular en que estamos. Sin embargo, nos cuesta encontrar la forma de explicar la palabra ardiente que cura, esa palabra que es Cristo, y que es el centro de nuestra fe. Buscando respuestas nos encontramos con Francisco. Un hombre que entendió el gran tesoro de la Iglesia, la amó, y sufrió, trabajó dentro de ella desde el sentido profundo de obediencia, pobreza y amor evangélicos. A nosotros nos toca hoy humildemente amar esta Iglesia contradictoria y limitada como nosotros. Estar en ella, sufrir, dar testimonio y buscar la palabra que ilumina. Y sobre todo confiar en Dios, tener esperanza, fiarnos de que Él sabrá los caminos que marca, porque sabemos como dice Oseas que su alianza con nosotros es para siempre. Nos queda ponernos en sus manos para seguir trabajando y cuidando su Iglesia. |