La alegría de la solidaridad PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Administrator   
Jueves 01 de Septiembre de 2011 00:00

Mirando en estos momentos al mundo, parece muy difícil ver la mano de Dios. Todo lo contrario, lo que vemos a primera vista es una humanidad a la deriva, con injusticias terribles y un sufrimiento que nos llena de desamparo. Nuestro primer impulso es mirar al mundo y juzgarlo; llenarnos de grandes palabras y buscar grandes culpables. Indignarnos y quedarnos ahí. O indignarnos, y denunciar las injusticias y el poco interés de los poderosos por solucionar problemas increíbles en pleno siglo XXI como el hambre. Denuncia necesaria y profética en estos tiempos de miedo y muros.

En esta realidad, muchas veces no encontramos la salvación de Dios por ningún resquicio, no vemos su presencia, no entendemos el dolor de los inocentes, no podemos aceptarlo y nos rebelamos juzgando a Dios. Nuestra incomprensión nos frustra y nos crispa. Nos vemos obligados a elegir entre la impotencia de la desesperanza y lo inaudito e incomprensible de la esperanza.
Mirando más profundamente al sentido de la esperanza, aunque parezca contradictorio, podemos descansar del juicio y de la impotencia. En el misterio del corazón del Evangelio, nos encontramos con el amor que Dios nos tiene, el amor del que habla Cristo, el amor que se nos da. Desde la mirada de Dios, el mundo nos es confiado.
Nuestro sentido y nuestra alegría está en luchar para que el mundo sea un lugar más habitable. Podemos hacer frente a la realidad del mundo desde esta esperanza. Charles de Foucauld nos dijo: Cuando se puede sufrir y amar, se puede mucho, se tiene un gran poder, se tiene el mayor poder posible en este mundo.
A pesar de nuestras dificultades, y las contradicciones del sufrimiento y la injusticia, nuestra lucha es la del amor. Asumir nuestra vida como creyentes es asumir nuestra lucha por un mundo más humano. No desaparecen nuestras preguntas sobre el mal, pero, buscando con otros que la tierra sea habitable, nuestra mirada puede acercarse al misterio del corazón humano, al misterio del corazón de Dios.

 

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